La
reapertura de los Jardines de Piquio pretendía ser una fotografía de éxito para
el Ayuntamiento de Santander. Una obra terminada, una imagen renovada y un
mensaje político sencillo, recuperar uno de los espacios más emblemáticos de la
ciudad respetando su esencia.
Sin embargo, apenas unas horas después de la inauguración, quedó claro que el debate seguía abierto, la ausencia de la histórica proa cerámica ha terminado convirtiéndose en el verdadero símbolo de la rehabilitación.
La alcaldesa
defendió durante la presentación que los nuevos jardines serían "más
nuevos, pero iguales", cuando la realidad es que una parte importante de
la ciudadanía no percibe esa continuidad al desaparecer la proa, uno de los
elementos más reconocibles del jardín, lo que hace muy difícil sostener que
todo sigue igual.
El problema
ya no es urbanístico, ni técnico, es político. La cuestión no es si existían
informes que aconsejaban la retirada de la proa, la cuestión es quién tomó la
decisión definitiva y por qué motivo se consideró que el valor histórico,
sentimental y simbólico acumulado durante décadas era secundario frente a una
interpretación estricta del proyecto original de 1925.
La política
democrática exige asumir las decisiones propias, sin embargo, cada vez es más frecuente observar
una tendencia preocupante, la de convertir los informes técnicos en escudos
políticos, presentando una decisión como inevitable porque lo “hayan dicho los
técnicos”, cuando en realidad los técnicos asesoran y los gobiernos deciden.
Y
precisamente por eso la polémica de Piquio trasciende la desaparición de una
estructura cerámica. Lo que muchos ciudadanos perciben es una forma de gobernar
donde las decisiones se adoptan desde los despachos y se comunican como hechos
consumados.
Resulta
especialmente llamativo que el Ayuntamiento promoviera procesos participativos
para cuestiones menores de la remodelación y, sin embargo, no impulsara un
debate ciudadano sobre la desaparición de uno de los elementos más
identificables del parque. Se pidió opinión para elegir detalles estéticos,
pero no para decidir sobre un símbolo que formaba parte de la memoria colectiva
de Santander.
La reacción
ciudadana posterior a la inauguración demuestra que la cuestión no era
anecdótica. Las redes sociales, los comentarios vecinales y las comparaciones
fotográficas han puesto de manifiesto que la proa formaba parte del imaginario
sentimental de la ciudad. Quizá no aparecía en los planos originales, pero sí
estaba presente en la memoria de varias generaciones.
Y una ciudad
no se construye únicamente con proyectos y expedientes, lo hace también con
recuerdos. La paradoja es evidente. La rehabilitación de Piquio perseguía
recuperar la identidad histórica del lugar y ha terminado generando un debate
sobre la pérdida de una parte de esa identidad. No porque desaparezca un
elemento arquitectónico de gran valor artístico, sino porque desaparece un
símbolo que los ciudadanos habían incorporado como propio.
Por eso la
inauguración no ha cerrado la discusión, al contrario, ha puesto sobre la mesa
preguntas que el Ayuntamiento sigue sin responder: ¿era imposible restaurar la
proa?, ¿se estudiaron alternativas?, ¿se valoró el impacto emocional de su
desaparición?, ¿por qué no se consultó a los vecinos? Son preguntas legítimas
en una democracia local.
Porque el
verdadero patrimonio de una ciudad no son únicamente sus piedras, sus planos o
sus documentos históricos, también lo son los símbolos que la ciudadanía
reconoce como parte de su historia.
La proa de
Piquio ya no está, lo que queda por saber es si el Ayuntamiento ha comprendido
por qué tantos santanderinos siguen hablando de ella después de la
inauguración.
Tome buena nota la alcaldesa Gema Igual. Cuando una administración deja de escuchar a la ciudad real para escuchar únicamente a los expedientes, corre el riesgo de perder algo más importante que un elemento ornamental, la confianza de los ciudadanos.






