Es cierto
que algunos indicadores económicos presentan cifras positivas, también es
verdad que las pensiones medias de jubilación se sitúan entre las más altas del
país, sin embargo, detrás de esos datos existe una realidad mucho más dura, la
de miles de trabajadores, jóvenes, mujeres y pensionistas tienen serias
dificultades para llegar a fin de mes.
La principal
contradicción de Santander es que la riqueza que se exhibe en los discursos
oficiales no se refleja en la vida cotidiana de una gran parte de la población.
Mientras el alquiler medio de la vivienda supera ya los 1.000 euros mensuales, los salarios de
muchos trabajadores apenas permiten afrontar los gastos básicos, el resultado
es que tener empleo ya no garantiza una vida digna.
La situación
de la juventud es especialmente preocupante, a quienes se les exige formación,
esfuerzo y flexibilidad se les niega algo tan básico como la posibilidad de
emanciparse. Con salarios precarios y alquileres desorbitados, construir un
proyecto de vida propio se ha convertido en una carrera de obstáculos. Muchos
jóvenes se ven obligados a abandonar su ciudad para encontrar oportunidades que
aquí se les niegan.
Tampoco
podemos ignorar una realidad que sigue golpeando con fuerza: la feminización de
la pobreza. Las mujeres continúan soportando importantes diferencias salariales
y pensiones más bajas, una desigualdad que se arrastra durante toda la vida
laboral y que termina condenando a muchas de ellas a una vejez marcada por la
precariedad. No es casualidad que buena parte de las personas mayores que viven
solas sean mujeres con ingresos insuficientes.
Mientras
tanto, entre un 20 % y un 22 % de la población se encuentra en riesgo de
pobreza o exclusión social. Es decir, uno de cada cinco vecinos vive en
condiciones de vulnerabilidad. Sin embargo, estas cifras rara vez ocupan
espacio en los discursos institucionales. Resulta más cómodo vender una imagen
de éxito que reconocer que una parte importante de la ciudadanía no participa
de sus beneficios.
A mi juicio,
el problema tiene un nombre claro, la vivienda. Décadas de políticas
insuficientes han permitido que el mercado se convierta en una máquina de
expulsar a trabajadores, jóvenes y familias de ingresos modestos, cada subida
del alquiler supone una transferencia directa de riqueza desde los salarios
hacia quienes especulan con un derecho básico.
Por eso
considero que ha llegado el momento de dejar de aceptar esta situación como
algo normal. No estamos ante problemas individuales ni ante casos aislados, estamos
ante un conflicto social de primer orden. Cuando trabajar no garantiza vivir
con dignidad, cuando los salarios no permiten acceder a una vivienda y cuando
la precariedad se convierte en la norma, la respuesta debe ser colectiva.
Creo que
existen razones más que suficientes para impulsar una gran movilización social
y sindical, UNA HUELGA GENERAL que sitúe en el centro del debate el derecho
a una vivienda accesible y a salarios dignos. Las conquistas sociales nunca
fueron regalos del poder, siempre fueron fruto de la organización y de la lucha
colectiva.
Santander
necesita menos propaganda institucional y más justicia social. Porque una
ciudad donde miles de personas trabajan y siguen siendo pobres no puede
considerarse una ciudad próspera, podrá ser una ciudad con riqueza, pero
también una ciudad profundamente desigual.




