Hay noticias que, más que celebrar, obligan a preguntarse cómo se ha llegado hasta aquí. El anuncio del delegado del Gobierno en Cantabria de que Okuda San Miguel impulsará la transformación del Palacete de Cortiguera en un centro cultural de referencia ha caído como un jarro de agua fría… pero no por el proyecto en sí, sino por lo que deja en evidencia.
Durante
años, el Palacio de Cortiguera - propiedad del Ministerio del Interior - ha
estado al alcance del Ayuntamiento de Santander. Bastaba voluntad política,
capacidad de diálogo y una mínima ambición cultural para haberlo recuperado. No
ha ocurrido. Y el resultado ha sido visible para cualquiera que haya pasado por
la calle José Ramón López-Dóriga, abandono, deterioro y una imagen impropia de
una ciudad que presume de vocación cultural.
Mientras
tanto, los santanderinos hemos asistido con resignación a la degradación de un
edificio singular en un entorno privilegiado, sin que el Ayuntamiento ni el
Gobierno central hayan sido capaces de articular una solución, convirtiendo a Cortiguera
en un símbolo incómodo, el de la inacción institucional.
Paradójicamente,
ha tenido que ser una iniciativa vinculada al ámbito privado la que reactive el
futuro del espacio. Una operación que, además, encaja con otras apuestas
recientes como Faro Santander o el Centro Reina Sofía – Archivo Lafuente,
impulsadas con entusiasmo por las administraciones locales y autonómicas, proyectos
relevantes, sí, pero que comparten un patrón, el protagonismo de actores
privados frente a la falta de una estrategia pública sólida.
A los
responsables políticos de Cantabria se les llena la boca hablando de cultura,
pero el relato se sostiene - en demasiadas ocasiones - sobre iniciativas ajenas,
mientras que entre tanto, espacios como Cortiguera - quizá menos mediáticos,
pero fundamentales para construir un tejido cultural amplio y diverso - se dejan
morir lentamente. No es una excepción, es el síntoma de una política cultural
que ha brillado más por su ausencia que por su planificación.
Ahora que
surge una oportunidad real para devolver la vida a Cortiguera, conviene decirlo
sin rodeos, no es el Ayuntamiento quien lidera el cambio, es quien llega tarde,
y llegar tarde en cultura tiene un coste elevado, porque el tiempo perdido rara
vez se recupera.
La posible
implicación de Okuda no solo aporta visibilidad internacional, sino algo que ha
faltado durante años, contemporaneidad, capacidad de conexión con nuevos
públicos y una visión abierta del hecho cultural justo al contrario de la
inercia que ha marcado la gestión municipal en este ámbito.
Por eso, la
noticia es doble, por un lado, una buena noticia para Santander, la
recuperación de un espacio olvidado y su transformación en un proyecto vivo, y
por otra, un espejo incómodo para quienes han tenido la responsabilidad de
evitar que Cortiguera llegara a este punto.
Quizá
estemos ante la última oportunidad para corregir el rumbo, porque si algo deja
claro este episodio es que el problema no era la falta de espacios, sino la
falta de voluntad. Y si el Ayuntamiento no toma nota, volverá a confirmarse un
modelo ya demasiado conocido, dejar pasar las oportunidades hasta que otros las
convierten en realidad.






