Hay momentos
en los que la política deja de buscar soluciones y empieza a buscar culpables,
el debate sobre la acogida de menores migrantes es uno de ellos.
Los
mecanismos de derivación de menores desde Ceuta y Canarias hacia otras
comunidades autónomas no son una novedad, forman parte del marco legal español,
que desde hace años se viene utilizando bajo gobiernos de distinto signo
político. Responden a una lógica sencilla, cuando un territorio fronterizo
soporta una presión asistencial superior a su capacidad - como actualmente en
Ceuta - el resto del país debe compartir la responsabilidad.
Sin embargo,
determinados discursos políticos presentan esta realidad como si se tratara de
una situación excepcional. Lo que durante años fue una obligación
administrativa y legal aparece ahora como una imposición o una amenaza,
mientras que la realidad es mucho menos dramática, de lo que se trata es cumplir
la ley y garantizar la protección de menores de edad.
Lo más
preocupante es que la inmigración se haya convertido en un instrumento de
confrontación política. PP y Vox han situado esta cuestión en el centro de su
estrategia de oposición al Gobierno, compitiendo por ocupar el espacio del
discurso más duro, y en esa dinámica, los menores migrantes han dejado de ser
personas para convertirse en cifras, símbolos y argumentos de campaña.
La
consecuencia es evidente. Niños y adolescentes que deberían ser considerados
sujetos de protección pasan a ser presentados como un problema político. Se
habla de ellos constantemente, pero rara vez se habla de ellos desde la
perspectiva de sus derechos, de sus necesidades o de su futuro, situando la discusión
alrededor de competencias, costes o enfrentamientos partidistas, mientras los
menores desaparecen del centro del debate.
La presión
electoral ha contribuido además a endurecer posiciones políticas que en otros
momentos fueron más pragmáticas. La búsqueda de acuerdos entre administraciones
– habitual hasta ahora – está cediendo a una lógica de bloques cada vez más
rígida, en la que el problema, importa cada vez menos, a no ser para justificar
el desgaste político del gobierno central.
La
influencia creciente de Vox sobre el debate migratorio ha empujado al Partido
Popular hacia posiciones más duras en numerosos territorios, abriendo una
especie de competición permanente por demostrar quién se opone con mayor
firmeza a los sistemas de reparto y acogida. Se debate mucho sobre rechazo y
muy poco sobre integración, protección de la infancia o cooperación
institucional.
Mientras
tanto, los menores en Ceuta, siguen siendo los grandes olvidados. Se han
convertido en protagonistas involuntarios de una batalla política en la que sus
derechos quedan relegados a un segundo plano. Su situación sirve para movilizar
votantes, alimentar polémicas y reforzar discursos partidistas, pero rara vez
para impulsar soluciones estables.
La
democracia necesita discrepancias y debates intensos, pero lo que no necesita
ni de lejos, es convertir a menores vulnerables en munición electoral. Cuando
una sociedad acepta que el sufrimiento de niños y adolescentes puede utilizarse
para obtener ventajas políticas, el problema deja de ser exclusivamente
migratorio para convertirse también en una cuestión ética.
La
ciudadanía tiene derecho a exigir transparencia, coherencia y honestidad, pero
también tiene derecho a denunciar la utilización política de quienes menos
capacidad tienen para defenderse.
Los menores
migrantes no son una amenaza ni una herramienta de campaña, son seres humanos,
y una sociedad se define, en gran medida, por la forma en que trata
precisamente a quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad.




