El último
debate sobre el Estado de la Región nos ha dejado una intervención de la
presidenta de Cantabria, María José Sáenz de Buruaga, cargado de anuncios,
cifras millonarias y promesas de futuro, un discurso cuidadosamente construido
para transmitir la imagen de una comunidad en plena transformación y de un
gobierno que habría cumplido prácticamente todos sus compromisos. Sin embargo,
una lectura crítica permite comprobar que muchas de las afirmaciones realizadas
descansan más sobre expectativas que sobre realidades, más sobre propaganda que
sobre resultados tangibles.
La
presidenta se ha regocijado en sucesivas ocasiones durante su intervención, que
Cantabria está hoy "infinitamente mejor" que, en 2023, afirmación que
puede servir como eslogan político, pero que difícilmente resiste un análisis
riguroso.
Si bien
algunos indicadores económicos han evolucionado favorablemente, los principales
problemas que preocupan a los cántabros siguen plenamente vigentes, problemas
como el acceso a la vivienda, las listas de espera sanitarias, las
infraestructuras ferroviarias que permanecen estancadas y el envejecimiento
demográfico, entre otros que continúan avanzando sin una estrategia claramente
eficaz para revertirlo.
Uno de los
ejemplos más evidentes de esta forma de presentar la realidad es la política de
vivienda. Mientras que la presidenta nos anunciado la construcción de miles de
viviendas protegidas, ha omitido en su exposición que gran parte de esas cifras
corresponden a proyectos, previsiones urbanísticas o actuaciones todavía
pendientes de desarrollo, una situación que confronta con una realidad machacona,
entre una vivienda anunciada y una vivienda entregada. Los jóvenes cántabros no
viven en promesas, necesitan viviendas reales, construidas y accesibles.
Algo similar
ocurre con las grandes inversiones empresariales que se citan una y otra vez.
Los más de 7.000 millones de euros de inversión anunciados corresponden en
buena medida a proyectos que aún dependen de autorizaciones administrativas,
disponibilidad energética, financiación privada o decisiones empresariales
futuras. Presentar esa cartera de proyectos como si fuera riqueza ya generada
constituye, cuando menos, una exageración interesada.
La
presidenta también ha afirmado que Cantabria lidera el empleo en España, y se ha
quedado tan tranquila, cuando ella bien sabe que esta afirmación depende del indicador
que se utilice, Cantabria puede ocupar posiciones destacadas en determinados
momentos, pero de ninguna manera lidera estructuralmente el mercado laboral
nacional, por lo tanto, más prudencia a la hora de convertir un dato puntual,
en una conclusión general.
Especialmente
llamativa resulta la insistencia en atribuir los problemas pendientes al
Gobierno de España o a la herencia recibida. El retraso ferroviario, las
infraestructuras energéticas, la financiación de la dependencia o las
dificultades industriales han aparecido constantemente vinculadas a decisiones
ajenas.
No seré yo
quien niegue responsabilidades estatales evidentes, pero son ya tres años de
gobierno del partido popular, como para imputar todos los problemas en los otros.
Gobernar implica también asumir responsabilidades sobre aquello que no se ha
conseguido resolver.
En sanidad
encontramos otro ejemplo de relato triunfalista, cuando se afirma que Cantabria
dispone de la mejor sanidad pública de España y que el sistema ha sido
reconstruido tras encontrarse al borde del colapso, sin embargo, se pasa por
alto, las movilizaciones médicas, las dificultades para cubrir determinadas
especialidades y sobre todo las listas de espera que nos muestran una realidad
bastante más perversa para los cántabros.
Tampoco ha
sido como para tirar cohetes, los anuncios permanentes a los proyectos estrella
de la legislatura, la mayoría de ellos en fase de planificación, redacción,
estudio, licitación o tramitación, proyectos como el Parque de Innovación en
Salud, los desarrollos industriales asociados a Altamira, los nuevos
hospitales, los grandes proyectos turísticos o muchas actuaciones de vivienda que
a la fecha no pasan de ser meras expectativas.
El problema
de fondo no es que un gobierno anuncie proyectos o marque objetivos ambiciosos
- eso forma parte de la acción política - el problema aparece cuando se
presentan como logros consumados, actuaciones que aún están pendientes de
ejecución, con el claro interés de mandar soflama electoral, cuando la realidad
es la de rendir cuentas, en un debate abierto a la política en general y con
carácter propositivo.
El balance
de estos tres años no es tan brillante como pretende el discurso oficial, y
probablemente tan negativo como sostendrá la oposición, pero si algo ha dejado claro
la intervención de la presidenta es que el Gobierno de Buruaga sigue apoyándose
en una estrategia basada en vender el futuro como si ya hubiera llegado.
Y los
ciudadanos de Cantabria saben distinguir perfectamente entre una promesa, una
maqueta y una realidad.






