Santander vive estos días su momento de mayor proyección turística. Miles de visitantes llenan hoteles, playas, terrazas y espacios festivos. Sin embargo, la imagen que ofrece la ciudad durante este verano está muy lejos de la excelencia que debería caracterizar a la capital de Cantabria.
Lo que los
santanderinos contemplan cada día es una ciudad marcada por las vallas, las
obras interminables, los espacios cerrados y una preocupante sensación de
deterioro urbano.
Los Jardines
de Piquío, uno de los símbolos más reconocibles de Santander, han acumulado
sucesivos retrasos que han impedido su disfrute durante buena parte de la
temporada turística. Lo que debía ser una actuación de mejora se ha convertido
en un ejemplo de cómo una obra puede eternizarse y privar a vecinos y
visitantes de uno de los enclaves más emblemáticos del Sardinero.
A ello se
suma el cierre de la Plaza de Pombo, corazón histórico y social de la ciudad.
El precinto de este espacio, motivado por los problemas estructurales
detectados en el aparcamiento subterráneo, ha transformado uno de los lugares
más representativos del centro en una gran zona vallada. Las previsiones
municipales apuntan incluso a que las obras podrían prolongarse durante muchos
meses, afectando a residentes, comercios y visitantes.
Pero los
problemas no terminan ahí. En Puertochico, Castelar y otros espacios céntricos
proliferan vallados, restricciones y actuaciones provisionales que trasladan
una imagen de ciudad en obras permanentes. Santander parece haberse
acostumbrado a convivir con cierres, precintos y limitaciones en algunos de sus
espacios más emblemáticos.
Mientras
tanto, numerosos vecinos denuncian una limpieza insuficiente en determinadas
zonas, especialmente tras los eventos multitudinarios de la Semana Grande.
Papeleras desbordadas, restos de botellones, suciedad acumulada y basura
dispersa por calles y jardines generan una imagen impropia de una ciudad que
aspira a ser referencia turística del norte de España.
La
convivencia vecinal tampoco atraviesa su mejor momento. El ruido nocturno, la
concentración de actividades festivas y la falta de control efectivo sobre
determinadas conductas incívicas provocan cada verano un aumento de las quejas
de los residentes. Las fiestas son necesarias, pero no pueden convertirse en
una excusa para ignorar el derecho al descanso de quienes viven en la ciudad
durante todo el año.
A estas
dificultades se añaden las tensiones existentes en la Policía Local. Los
conflictos laborales y la falta de acuerdo con los agentes han generado
preocupación sobre la capacidad operativa del servicio en una de las épocas de
mayor actividad y afluencia de personas. Aunque el Ayuntamiento asegura que la
seguridad está garantizada, la existencia misma del conflicto evidencia
problemas de gestión que deberían haberse resuelto mucho antes del inicio de
las fiestas.
La sensación
que queda es preocupante. Santander dispone de un entorno privilegiado, una
oferta turística de primer nivel y una Semana Grande consolidada. Sin embargo,
la acumulación de retrasos, cierres, problemas de mantenimiento, suciedad,
ruido y conflictos de gestión está deteriorando la percepción de muchos
ciudadanos.
La ciudad no
necesita más campañas de promoción. Necesita una gestión más eficaz de los
espacios públicos, una planificación rigurosa de las obras, una mejora visible
de la limpieza y una apuesta decidida por la convivencia vecinal.
Porque
cuando los jardines más emblemáticos permanecen cerrados, cuando la plaza más
representativa aparece vallada, cuando la basura se acumula tras las
celebraciones y cuando los vecinos perciben que sus problemas cotidianos no
encuentran respuesta, el balance de una corporación municipal no puede
calificarse de satisfactorio.
La Semana
Grande debería ser el escaparate de la mejor Santander. Hoy, para muchos
santanderinos, se está convirtiendo en el reflejo de sus carencias.






