22 jun. 2015

Apartado 1º.- Haciendo memoria “Así empezó todo”. De la escuela al trabajo


Ese era el tránsito de los jóvenes, que como yo, con catorce años, terminábamos los estudios primarios, en los años sesenta, jóvenes, que alcanzaban la mayoría de edad para el trabajo, pero que no dejaban de ser niños para muchas otras cosas, jóvenes que aprendíamos en la calle, en los barrios, acompañados de otros niños, sin apenas referentes sociales donde mirar, con una formación escasa y sujeta a los avatares de un contexto socio económico de mucha necesidad y falto de casi todo.

Esa era la sociedad de aquel entonces, donde unos pocos lo tenían todo, donde la universidad era una realidad totalmente ajena para los hijos de los trabajadores, una sociedad que desde la misma escuela  ya te educaba para que asumieras la diferencia de clases como algo natural, donde unos pocos estaban tocados para la gloria y otros muchos para la incertidumbre del futuro, donde planificar aunque fuera mínimo ese futuro no dejaba de ser una utopía, en fin, una sociedad marcada por el color gris.

 Era el final de un tiempo, donde la escuela te facilitaba a media mañana un vaso de leche en polvo y por la tarde una trozo de queso para la merienda - me imagino que con ello, la administración pensaría, que ayudaba a paliar en algo la mal nutrición de los niños - un tiempo donde para ver la televisión tenias que ir a la tasca del barrio, donde las madres hacían milagros para llenar el puchero, un tiempo que no podía durar más, por mucho que se empeñaran los amigos de la dictadura.

En ese contexto recuerdo mi transito de la escuela al trabajo, un tránsito en positivo, sin trauma alguno, había terminado los estudios primarios en las “Escuelas Verdes” de José María Pereda, y tocaba firmar mi primer contrato laboral. Fue en Metemosa, un pequeño taller de electricidad y radio en la calle  Martillo - donde ahora está la Sala de Exposiciones de la Fundación Botín – donde me estrene como aprendiz de un oficio que me ocupo unos quince años.

Este trabajo me lo facilito el sacerdote Don Antonio Aldasoro, siempre dispuesto a echar una mano, el, mejor que nadie, sabia de las muchas necesidades de las familias del barrio. Recuerdo que  me dio una nota a modo de recomendación para que me presentara ante el dueño de la empresa, sin duda, cuando me contrató ni se imaginaba  los quebraderos de cabeza que le iba a dar por causas sindicales, al final acabo despidiéndome en el año 1976, para entonces yo ya estaba en la USO,  plenamente vinculado al movimiento obrero.

Recuerdo que cuando me despidieron del trabajo la primera vez, el juez pregunto después de una larga intervención del abogado de la empresa “lo que yo había hecho”, no entendía como me podían despedir sin razones que lo justificaran, tampoco eran necesarias, como ahora, bastaba poner un puñado de pesetas en la indemnización y a la calle. Al cabo de algún tiempo me entere que me había seguido la policía, en un viaje sindical a  Asturias, y que dicho viaje, había motivado el despido.

Eran tiempos donde la policía jugaba un papel importante, llegando incluso a las empresas a preguntar a los compañeros de trabajo, sobre los comportamientos sindicales “subversivos dirían ellos” con el claro interés de imputarles delitos y así someterles a procesos judiciales varios.

Yo tampoco me libre de esas preguntas como me dijo la madre de mi amigo y militante de USO durante muchos años Paco Aedo, a ella, la pidieron una declaración expresa contra mi, declaración a la que se negó de forma rotunda, afirmando que yo era un joven de muy buena conducta y amigo de su hijo  compañero de trabajo.

Daba igual los años que tuvieras, que tu implicación en la política social estuviera empezando, como era mi caso, se trataba de cortar de raíz cualquier movimiento que pudiera darse, aunque fuera en un ámbito tan limitado como una empresa, y si para ello, se tenía que mandar al paro algún trabajador, la propia empresa se ponía a la orden de la policía.

En el verano de 1975 me case con Merche, a la que conocí en el Club Juvenil Dosa; muy pronto nacieron mis hijas Vanessa y Marta de las que se ocupo principalmente ella, yo por aquel entonces no tenía tiempo ni para las hijas y mucho menos para ayudar en casa, tiempo que hoy por mucho que me empeñe no puedo recuperar, ni en cantidad ni en calidad, porque la infancia y los momentos del colegio perdidos ya no se pueden a repetir, seguro que ellas ya me lo han perdonado.

Merche siempre compartió conmigo mis actividades sindicales, lo hizo con cierta distancia en el día a día,  pero con preocupación y opinión sobre las cosas que yo la contaba, opiniones que no siempre escuche con atención y que me llevaron a bastantes sinsabores sobretodo en la relación con las personas, hoy muchos años después todavía comentamos lo que pudo haber sido y no fue si la hubiera escuchado un poco más. Esa distancia por la acción sindical directa, no la impidió estar en el 1º Congreso Confederal de la USO en el año 1977.


Fueron unos años que recuerdo con cariño, era mí puesta de largo como trabajador, al mismo tiempo que libraba, mi particular pelea por la democracia y los derechos sociales.

En este camino me ayudo mucho mi pertenecía al Movimiento Adsis, un movimiento cristiano de jóvenes trabajadores y universitarios animados por el sacerdote salesiano José Luis Pérez Álvarez, donde fui descubriendo la importancia de “estar presente” entre los jóvenes de aquel entonces.

Adsis me proporcionó una fuerte base de compromiso social, un buen bagaje ideológico para afrontar las múltiples situaciones por las que he pasado en estos años de sindicalista, sin estos valores, probablemente, no hubiera podido aguantar durante tanto tiempo.

Recuerdo muy bien cuáles eran las ideas fuerza que motivaban nuestra actuación como cristianos ante el movimiento juvenil de aquel entonces. El Credo de Adsis, fruto de una reflexión profunda de sus primeros militantes en el año 1973, declaraba con firmeza que ante la injusticia en que viven sumidos tantos hombres, sobre todo jóvenes y pobres; ante el egoísmo de unos y la desesperanza de otros; mientras haya opresores y oprimidos”….se exige un serio y profundo análisis de la realidad e implica un compromiso radical cristiano de transformación de la misma”…” hacia un mundo nuevo por construir y liberar”.

Estas ideas, que hoy puede sonar un poco antiguas, eran motivadoras de la militancia cristiana, que en mi caso se realizaba en el entorno de los jóvenes trabajadores que acudían habitualmente a los clubes juveniles que proliferaban por las diversas parroquias de Cantabria, o que potenciaban los curas obreros, que asumían desde el trabajo manual  en las fabricas su apostolado cristiano.

Adsis fue un lugar de aprendizaje y de encuentro militante, allí tuve la oportunidad de conocer compañeros que luego ocuparían responsabilidades  sindicales en Cantabria, recuerdo a Félix Martínez, Ignacio Pérez, ellos entre otros, me ayudaron a estudiar Graduado Social  y canalizar así mis esfuerzos y preocupaciones sociales en relación al mundo sindical. Realicé la carrera, no sin grandes sacrificios, ya que cursé los estudios en el nocturno mientras trabajaba; pero mereció la pena. Estudiar Graduado Social fue una buena decisión, que se la debo a mi mujer y en buena medida a Florencio Echezarreta, ellos siempre estuvieron cerca de mis estudios, empujando en los momentos difíciles y de desanimo, estudios que sin duda me capacitaron profesionalmente para desarrollar mi trabajo de permanente sindical en la USO y, como Secretario General de la Organización durante algunos años.

Y así, poco a poco me fui acercando a otros compañeros militantes de sindicatos, del movimiento vecinal, de partidos políticos, participando en las manifestaciones sociales, asistiendo a múltiples reuniones, descubriendo amigos como  Isidro Hoyos, Cesar Campa, López Coterillo, Antonio Hontañon, Saturnino Barcena, Aniano Jiménez, Paco Torres, Daniel Gallejones, Mario García Oliva, José Luis Cos, y tantos otros que fueron ejemplo por su compromiso en la lucha por la libertad.

Buena parte de aquella militancia eran o estaban muy cerca de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) o en la Juventud Obrera Cristiana (JOC), organizaciones que vertebraban no solo las acciones sindicales y en muchos casos políticas de la ciudadanía de Cantabria, sino que nos daban cierta cobertura y estabilidad a la hora de poder celebrar las reuniones.

Sus locales en la calle rualasal de Santander, fueron testigos de muchas de estas reuniones, de muchas charlas y debates políticos siempre abiertos a todos, su propia organización ayudo mucho a los compañeros que eran represaliados por la dictadura, sus militantes ejemplo y referentes sociales, en los que nos mirábamos los jóvenes de aquel entonces.

También la USO se nutrió de esa militancia y utilizo sus medios para explicar nuestro proyecto sindical, especialmente en Castro Urdiales, donde nuestra primera sede fue precisamente la sede de la JOC, y muchos de sus militantes, sindicalistas de la USO.


Otra iniciativa de denuncia social y de formación a la juventud en la que participe muy activamente, fue la Revista hablada “La Rueda”, iniciativa que alcanzo un enorme prestigio en Santander y que sirvió de referente para la exposición de las ideas en libertad.

La policía un sábado si y otro también, acudía clandestinamente a nuestros actos para conocer lo que decíamos y quien lo decía, cuando no para prohibir su celebración.

Desde La Rueda se hablaba de todo, tan pronto eran los sindicalistas quienes se subían al escenario para exponer las ideas y anunciar la movilización puntual, como era el teatro o los cantautores que con sus canciones de denuncia nos ayudaban a sentirnos más cerca de la libertad. Las conferencias siempre se acompañaban de un debate abierto a la participación de todos, conferencias impartidas por prestigiosos profesores e intelectuales de Cantabria, y de fuera de nuestra región que comprometidos con la libertad acudían los sábados aun a riesgo de quedar marcados por la policía.

La Rueda ayudo mucho, sobremanera a los jóvenes que empezábamos, se celebraba en el salón de actos de rualasal cinco, era un salón amplio con un escenario por el que pasaron muchas personas, sin censura previa alguna, solo bastaba tener algo que decir, para dirigirte a los jóvenes allí presentes, pero claro cuando  fue adquiriendo reconocimiento social y con ello incidencia de masas, la autoridad competente se empezó a poner nerviosa, y lo que antes era una visita clandestina, para conocer lo que allí hacíamos, se convirtió en visitas fiscalizadoras de los textos y de las personas que allí participaban e incluso en varias ocasiones a través del método de la patada en la puerta prohibir su celebración y detener a los responsables y participantes según el caso, en fin como en tantas otras ocasiones al final se prohibió la revista, cerrando  un espacio de libertad que yo recuerdo con mucho cariño. 

Y así poco a poco entre iniciativas como las que acabo de narrar fui comprometiéndome con la militancia social, fui asumiendo mayores niveles de responsabilidad conjuntamente con otros jóvenes sindicalistas, con estudiantes universitarios, con militantes de la causa en los barrios, en definitiva con otros jóvenes cargados de ilusión, a los que nos unía el convencimiento de que se abría, definitivamente, un tiempo nuevo.

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