“A llorar a Pedro Sánchez, los menores inmigrantes no acompañados que corresponden a Cantabria, que se los coman con patatas los socialistas que gobiernan Cartes”.
Este parece
ser, en esencia, el argumento con el que la presidenta Buruaga pretende
justificar la atención a los menores inmigrantes no acompañados en Cantabria.
Un planteamiento que no solo resulta frívolo, sino que se sitúa claramente al
margen del marco normativo vigente, que obliga a las comunidades autónomas a
actuar conforme “al interés superior del menor y a valorar de forma objetiva la
capacidad real de los territorios para garantizar sus derechos, su integración
y su desarrollo personal”.
Conviene
dejar claro, antes de nada, que la elección de Cartes puede ser defendible
desde una óptica estrictamente solidaria. No tengo dudas de que una parte
importante de la ciudadanía del municipio responderá con generosidad y acogida
hacia estos jóvenes. Sin embargo, la solidaridad, por sí sola, es un valor
insuficiente cuando se trata de diseñar políticas públicas con vocación de
futuro.
La normativa
que regula la acogida de menores no acompañados es clara y exigente. En primer
lugar, se requiere la existencia de servicios especializados, profesionales con
experiencia y una red de recursos ya operativa que permita una intervención
inmediata y eficaz. Y, en este punto, todo indica que Cartes carece de una
dotación suficiente.
En segundo
lugar, resulta imprescindible garantizar una atención integral que incluya
educación, sanidad y apoyo psicológico, además de refuerzos lingüísticos y
servicios sanitarios especializados. Todo ello exige mayores dotaciones
presupuestarias y estructuras que, a día de hoy, dependen en gran medida de
municipios cercanos, lo que añade complejidad y fragilidad al modelo.
Desde una
perspectiva socioeconómica, centrada en las oportunidades formativas y
prelaborales, la situación es igualmente preocupante. Cartes no dispone de
centros de formación profesional ni de programas sólidos de inserción laboral,
elementos clave para acompañar a estos menores en su transición hacia la vida
adulta.
Tampoco
ayuda el reducido tamaño y la población del municipio. Lejos de favorecer la
integración, esta circunstancia aumenta la visibilidad de los menores,
dificultando que se diluyan en el entorno social y elevando el riesgo de
estigmatización, lo que puede entorpecer gravemente un proceso de convivencia
normalizada.
Por todo
ello, resulta difícil comprender las decisiones adoptadas por la administración
regional. No sorprende, en absoluto, que la alcaldesa de Cartes haya alzado la
voz para exigir explicaciones y conocer los criterios objetivos que llevaron al
Gobierno de Cantabria a seleccionar su municipio como lugar de acogida.
A la vista
de los hechos, parece razonable —y necesario— que el Parlamento regional abra
un debate profundo y riguroso sobre esta y otras situaciones futuras. Solo así
se podrá garantizar que los territorios elegidos para la atención de menores
inmigrantes no acompañados reúnan las condiciones de idoneidad que, hoy por
hoy, Cartes claramente no tiene.

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