1 feb 2026

Jornadas gastronómicas: cuando el marketing se sienta a la mesa

Es casi imposible escapar del marketing emocional a la hora de elegir restaurante. Y menos aun cuando la promoción se disfraza de jornada gastronómica: un supuesto evento especial que se vende como oportunidad única, precio promocional y producto de temporada… aunque esa “temporada” se estire convenientemente durante meses.

No es extraño que, con tanto impacto publicitario, páginas enteras en periódicos y mensajes repetidos hasta la saciedad, el cliente acabe cayendo en la trampa. Parece la ocasión perfecta para disfrutar de un gran momento gastronómico a buen precio. Sin embargo, la realidad suele aparecer al salir del restaurante, quejas por el precio final, raciones minúsculas y, sobre todo, una sensación clara de engaño. Porque de experiencia exclusiva, poco o nada.

Muchos de estos restaurantes apuestan por una gran puesta en escena, decoración cuidada, nombres sugerentes y platos con descripciones interminables. Pero la calidad del producto no siempre acompaña.

Si hay un terreno donde las jornadas se llevan la palma, ese es el del marisco. ¿Quién no ha oído hablar de la famosa gamba roja que acaba siendo arrocera? ¿O del atún rojo que, milagrosamente, se transforma en yellowfin? ¿O del bogavante que llega al plato convertido en buey de mar, acompañado de un supuesto queso artesanal que no es más que un producto industrial?

Y por si todo esto fuera poco, llega el golpe final: la bebida, los postres y el pan “especial” o “de sabores”. Tres elementos que solo revelan su verdadero precio cuando ya estás sentado a la mesa. Es entonces cuando el coste se dispara y aquella jornada “especial” termina costando lo mismo - o más - que un menú completo en muchos de los restaurantes que frecuentas habitualmente sin necesidad de eventos ni promociones.

Hay una regla sencilla que conviene tener en cuenta - sin ser infalible, pero sí reveladora - cuando un restaurante necesita recurrir constantemente a jornadas gastronómicas para atraer clientes, algo suele fallar. Cartas llenas de palabras bonitas y vacías de información real, ausencia del origen del producto, precios sin referencia por kilo, fotos genéricas y jornadas que se repiten cada dos meses. Señales claras de que, más allá del marketing, ni el restaurante ni la experiencia tienen nada de especial.



No hay comentarios:

Publicar un comentario