Es casi
imposible escapar del marketing emocional a la hora de elegir restaurante. Y
menos aun cuando la promoción se disfraza de jornada gastronómica: un supuesto
evento especial que se vende como oportunidad única, precio promocional y
producto de temporada… aunque esa “temporada” se estire convenientemente
durante meses.
No es
extraño que, con tanto impacto publicitario, páginas enteras en periódicos y
mensajes repetidos hasta la saciedad, el cliente acabe cayendo en la trampa.
Parece la ocasión perfecta para disfrutar de un gran momento gastronómico a
buen precio. Sin embargo, la realidad suele aparecer al salir del restaurante, quejas
por el precio final, raciones minúsculas y, sobre todo, una sensación clara de
engaño. Porque de experiencia exclusiva, poco o nada.
Muchos de
estos restaurantes apuestan por una gran puesta en escena, decoración cuidada,
nombres sugerentes y platos con descripciones interminables. Pero la calidad
del producto no siempre acompaña.
Si hay un
terreno donde las jornadas se llevan la palma, ese es el del marisco. ¿Quién no
ha oído hablar de la famosa gamba roja que acaba siendo arrocera? ¿O del atún
rojo que, milagrosamente, se transforma en yellowfin? ¿O del bogavante que
llega al plato convertido en buey de mar, acompañado de un supuesto queso
artesanal que no es más que un producto industrial?
Y por si
todo esto fuera poco, llega el golpe final: la bebida, los postres y el pan
“especial” o “de sabores”. Tres elementos que solo revelan su verdadero precio
cuando ya estás sentado a la mesa. Es entonces cuando el coste se dispara y
aquella jornada “especial” termina costando lo mismo - o más - que un menú
completo en muchos de los restaurantes que frecuentas habitualmente sin
necesidad de eventos ni promociones.
Hay una
regla sencilla que conviene tener en cuenta - sin ser infalible, pero sí
reveladora - cuando un restaurante necesita recurrir constantemente a jornadas
gastronómicas para atraer clientes, algo suele fallar. Cartas llenas de
palabras bonitas y vacías de información real, ausencia del origen del
producto, precios sin referencia por kilo, fotos genéricas y jornadas que se
repiten cada dos meses. Señales claras de que, más allá del marketing, ni el
restaurante ni la experiencia tienen nada de especial.

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