Por más que
me acompañe la radio en todas sus múltiples facetas -noticiarios interminables,
canciones de ayer y tertulias que arreglan el mundo - el paseo matinal siempre
acaba siendo… monótono. Da igual cuánto se disfrace de ejercicio saludable o de
“hay que moverse”, el paseo es el paseo.
Eso sí, no
todo está perdido. Soy de los que aprovechan lo que les rodea: una frase
escuchada al vuelo, una escena curiosa, una foto improvisada. Todo sirve para
tomar notas y, con un poco de suerte, dar los buenos días del día siguiente.
Porque los buenos días, como el café, siempre deberían tener algo de original
y, si puede ser, de entretenido.
Claro que no
todos los días salen redondos. Hay mañanas en las que el paseo se vuelve
maldito, invadido por preocupaciones, acontecimientos varios y pensamientos que
no ayudan en absoluto a la motivación que debería animar la actividad diaria a
primera hora. En esos momentos, ni la radio ni los pasos logran cambiar el
ánimo.
Pero bueno,
siempre queda el momento más íntimo: la oración, la reflexión… y, cómo no, el
reencuentro con los amigos del bar. Allí, después de que cada uno cuente cómo
le fue su paseo —si llovió, si dolió la rodilla o si el perro del vecino volvió
a mirar mal—, llega el café y con él la charla habitual.
Política y
fútbol, compañeros inseparables de cualquier tertulia. Una tertulia que no
siempre acaba bien, pero tranquila: la sangre nunca llega al río. Alguna voz
sube, alguna mano gesticula de más… y al día siguiente, vuelta a empezar.
Porque dura
es la vida del jubilado, sí señor. Y especialmente dura… la del condenado paseo
matinal.

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