Si algún día
te acercas a una milonga, lo primero que descubrirás será la imagen de dos
personas moviéndose por la pista, un hombre y una mujer que deslizan los pies
con una suavidad casi felina, envueltos por una música intensa. A simple vista,
parecería que apenas se conocen; su concentración es tal que todo lo demás
desaparece.
Pero esa es
solo la superficie. En el tango no hace falta una identificación previa con la
pareja. Cada tango es una experiencia nueva, irrepetible, que se construye a
partir del abrazo, del instante y de la música elegida. Cada encuentro es
distinto, y cada baile es, en sí mismo, una historia.
Por eso te
invito a bailar tango. Te invito a vivir esa experiencia única donde los
sentimientos encuentran su cauce, donde las habilidades se entrelazan con
cadencias, giros, sacadas, cortes y quebradas que hacen de cada danza un
universo distinto. No exagero, quien lo ha probado sabe que bailar tango es
algo que no se repite jamás del mismo modo.
A los que lo
bailamos nos gusta decir que, en el tango, se bailan incluso los silencios.
Esos silencios que, suspendidos en el tiempo, nos recuerdan que no estamos
solos. El ritmo compartido, la sintonía con el otro y el placer sensorial del
movimiento nos hacen sentir que atravesamos un reto emocional e intelectual.
Por eso, el tango es mucho más que un baile, es una manera de encontrarnos,
incluso cuando el mundo parece desordenarse.

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