La última
entrega de la saga de Torrente, Torrente Presidente, pretende seguir explotando
la fórmula que durante años convirtió al personaje en un fenómeno popular. Sin
embargo, en esta ocasión la sensación que deja es bastante más tibia de lo
esperado. En teoría estamos ante una comedia, pero lo cierto es que me reí
poco. Y cuando una comedia provoca más silencios que carcajadas, algo falla en
su planteamiento.
El principal
problema es que la película ofrece más de lo mismo. Los comentarios, los
supuestos golpes de humor y las situaciones cómicas repiten esquemas que ya
hemos visto una y otra vez en las anteriores entregas. Lo que en su día pudo
resultar provocador o irreverente, ahora aparece gastado, casi automático, como
si la fórmula se aplicara sin demasiada imaginación.
Tampoco
ayudan ciertos diálogos que pretenden dejar frases ingeniosas o memorables. En
varios momentos se perciben errores en las expresiones y en el ritmo de los
comentarios, lo que rompe la fluidez cómica. El resultado es que muchos chistes
llegan tarde, mal o simplemente no llegan.
La película
parece apoyarse demasiado en lo que podríamos llamar comentarios de barra de
bar. Ese tono busca justificar una mirada supuestamente satírica sobre la política,
pero termina derivando en algo más simple: una caricatura donde todos los políticos
aparecen como estúpidos, oportunistas o directamente sinvergüenzas. La sátira
política puede ser saludable cuando es aguda; aquí, en cambio, queda reducida a
una generalización gruesa que termina resultando más ofensiva que inteligente.
Otro recurso
habitual de la saga, los cameos, tampoco aportan demasiado. Su presencia parece
pensada únicamente como guiño rápido al espectador, pero en lugar de enriquecer
la película, termina colocando a quienes participan en ellos en un papel poco
favorecedor, casi dentro del epígrafe de “cortitos”, sin aportar valor real a
la trama.
El ritmo de
la historia, centrado en la supuesta gestión política de “Nox”, tampoco termina
de aclarar su intención. No queda claro si la película pretende ridiculizar su
incapacidad o si, paradójicamente, termina haciéndole publicidad. Esa ambigüedad
contribuye a que el relato oscile entre la burla y la confusión.
En
definitiva, Torrente Presidente me dejó apenas algunos momentos de sonrisa,
demasiado pocos para justificar el precio del cine actual. Es cierto que, como
jubilado, pude aprovechar el precio reducido de la entrada; de lo contrario,
probablemente habría salido del cine con la sensación de haber pagado demasiado
por una comedia que, esta vez, se quedó corta de risa y larga de repetición.

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