Santander
se está llenando de vallas, cintas de precinto y señales de “prohibido el paso”,
que dibujan una ciudad que ha pasado de la normalidad, a la sospecha sobre sus
propios espacios públicos.
Hoy
el mapa urbano puede leerse a través de sus cierres, paseos interrumpidos,
pasarelas clausuradas, accesos restringidos, zonas emblemáticas bajo revisión -
como los bajos de Sardinero – permitiendo que la valla, deje de ser un elemento
provisional para convertirse en un mensaje claro de que algo no se revisó a
tiempo.
Todo
se aceleró tras lo ocurrido en El Bocal, pero el problema venía de antes. El
mantenimiento, esa política silenciosa que no se ve, ha fallado, y cuando falla
lo hace de golpe.
Las
inspecciones y cierres actuales son necesarios, incluso obligados, pero también
evidencian un cambio brusco, el de no haber actuado hasta que el riesgo ya es evidente,
a cerrar ante la mínima duda, y ese giro, aunque correcto, tiene un coste, la
pérdida de confianza. Hoy
el ciudadano mira distinto su ciudad, donde antes había rutina, ahora hay
preguntas: “¿desde cuándo estaba esto así?”.
Las
vallas caerán y los espacios se reabrirán, pero Santander debería quedarse con
una lección clara, el mantenimiento no puede ser reactivo, porque cuando llega
tarde, no solo se cierran espacios, también se resiente la confianza.

No hay comentarios:
Publicar un comentario