Lipe
era imprescindible para su padre: sujetaba los animales por la brida y les
murmuraba palabras extrañas, pero tan efectivas que ningún caballo, mulo, burra
o asno se movía mientras el herrero trabajaba. Parecía tener un don especial.
El Misterio del Pico Tres Mares
Tras
unos saludos y una breve oración dedicada a María, la buena maestra del pueblo
inició la lección del día. Sobre la pared colgaba un mapa limpio y colorido.
A ver, niños esto amarillo que veis es el desierto, y esto marrón claro son las montañas… Apenas mencionó las montañas, Pepito se irguió como un resorte y levantó la mano con entusiasmo. La maestra, creyendo que quería ir al baño, le dijo. Pepito, acabamos de empezar y ya quieres salir… ¡No, señorita! Yo quiero preguntar… sobre las montañas, pero de la nuestra, la que se ve desde la ventana. ¿Por qué se llama el Pico Tres Mares?
La maestra notó que no solo Pepito estaba intrigado. Todos los niños, en silencio, esperaban una respuesta de la que sentirse orgullosos.
Sonriendo,
acercó su silla a los pupitres y comenzó, el Pico Tres Mares es uno de los
picos más importantes de la Sierra de Peña Labra. Tiene 2.175 metros de altura,
y debemos estar muy orgullosos, porque es único en toda España. Desde su cima,
las aguas de lluvia toman tres caminos distintos, hacia tres mares diferentes. Los
niños la miraban asombrados.
Para entenderlo mejor – continuó - recordemos la lección de los ríos.
En
su cumbre el río Híjar, que da origen al Ebro y desemboca en el Mediterráneo.
También el Nansa, que va al mar Cantábrico, y el Pisuerga, que alimenta al
Duero, rumbo al océano Atlántico. El aula quedó en silencio. No era el silencio
de la duda, sino el de quienes sienten que han descubierto algo grande y
propio. Con esa quietud orgullosa, la maestra dio por terminada la lección.
Como
se llama el perro “Como Tu”
Después de una tranquila noche de primavera, con los primeros rayos de sol calentando la mañana, Pepito salió al corral de su casa para saludar a su buen amigo y fiel compañero, Como Tú.
Este amigo no era otro que un gran perro pastor, de esos que vigilan a las ovejas: de patas enormes, colmillos largos y valiente corazón. Un perro capaz de enfrentarse al lobo en las frías noches de invierno, cuando la nieve cubre los prados y las fieras, hambrientas, bajan a los llanos para atacar al rebaño, aprovechando el sueño del pastor.
Quizás te preguntes por qué Pepito le puso Como Tú de nombre. Imagina que un día vas paseando por la cañada de tu pueblo y, al atardecer, cuando el pastor regresa de su jornada, te encuentras con el perro. Tras acariciarle el lomo, le preguntas al pastor:
—¿Cómo
se llama el perro?
Y
él, con una sonrisa de oreja a oreja, seguro de pillarte desprevenido,
responde:
—Como
tú.
Tú,
sorprendido, dices:
—¿Cómo
yo?
Y
el pastor repite con calma:
—Sí,
como tú.
En
tu desconcierto, insistes diciendo tu nombre:
—¿María?
Pero
él, ya alejándose con su perro camino del pueblo, vuelve a corregirte:
—No,
mujer… Como Tú.
(Esta
historia del perro me la contó mi padre, y la guardo como parte de mi propia
herencia. Además, siempre me ha parecido muy divertida).
Pero
volvamos a Pepito, a la mañana, al sol… y a Como Tú. ¡Vaya lío! A ver cómo
salgo de él. Pepito se desperezó y se dirigió al lavadero. Movió la palanca de
la bomba, provocando un chorro de agua acompañado de un estruendo, la explosión
del primer golpe de agua del día. El líquido salía rojizo, teñido por el reposo
en las tuberías durante la noche. Inservible para beber, sí, pero agua, al fin
y al cabo, que se perdió en el regato, alimentando los tomates del huerto.
Mientras Pepito se lavaba la cara, Como Tú correteaba entre las gallinas, que también comenzaban a desperezarse con el canto del gallo.
Eran las siete de la mañana, hora temprana para un niño, pero necesaria si debía ayudar a su madre en las labores del campo antes de ir a la escuela. Porque, como ya imaginarás, Pepito era un niño de pueblo. De uno de esos escondidos a los pies de cualquier montaña de los Picos de Europa… Bueno, de cualquier montaña no: del Pico Tres Mares, como le gustaba decir cuando alguien le preguntaba por su casa.

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