12 ago 2026

Piquio, la inauguración no cierra el debate, lo abre

La reapertura de los Jardines de Piquio pretendía ser una fotografía de éxito para el Ayuntamiento de Santander. Una obra terminada, una imagen renovada y un mensaje político sencillo, recuperar uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad respetando su esencia.

Sin embargo, apenas unas horas después de la inauguración, quedó claro que el debate seguía abierto, la ausencia de la histórica proa cerámica ha terminado convirtiéndose en el verdadero símbolo de la rehabilitación.

La alcaldesa defendió durante la presentación que los nuevos jardines serían "más nuevos, pero iguales", cuando la realidad es que una parte importante de la ciudadanía no percibe esa continuidad al desaparecer la proa, uno de los elementos más reconocibles del jardín, lo que hace muy difícil sostener que todo sigue igual.

El problema ya no es urbanístico, ni técnico, es político. La cuestión no es si existían informes que aconsejaban la retirada de la proa, la cuestión es quién tomó la decisión definitiva y por qué motivo se consideró que el valor histórico, sentimental y simbólico acumulado durante décadas era secundario frente a una interpretación estricta del proyecto original de 1925.

La política democrática exige asumir las decisiones propias, sin  embargo, cada vez es más frecuente observar una tendencia preocupante, la de convertir los informes técnicos en escudos políticos, presentando una decisión como inevitable porque lo “hayan dicho los técnicos”, cuando en realidad los técnicos asesoran y los gobiernos deciden.

Y precisamente por eso la polémica de Piquio trasciende la desaparición de una estructura cerámica. Lo que muchos ciudadanos perciben es una forma de gobernar donde las decisiones se adoptan desde los despachos y se comunican como hechos consumados.

Resulta especialmente llamativo que el Ayuntamiento promoviera procesos participativos para cuestiones menores de la remodelación y, sin embargo, no impulsara un debate ciudadano sobre la desaparición de uno de los elementos más identificables del parque. Se pidió opinión para elegir detalles estéticos, pero no para decidir sobre un símbolo que formaba parte de la memoria colectiva de Santander.

La reacción ciudadana posterior a la inauguración demuestra que la cuestión no era anecdótica. Las redes sociales, los comentarios vecinales y las comparaciones fotográficas han puesto de manifiesto que la proa formaba parte del imaginario sentimental de la ciudad. Quizá no aparecía en los planos originales, pero sí estaba presente en la memoria de varias generaciones.

Y una ciudad no se construye únicamente con proyectos y expedientes, lo hace también con recuerdos. La paradoja es evidente. La rehabilitación de Piquio perseguía recuperar la identidad histórica del lugar y ha terminado generando un debate sobre la pérdida de una parte de esa identidad. No porque desaparezca un elemento arquitectónico de gran valor artístico, sino porque desaparece un símbolo que los ciudadanos habían incorporado como propio.

Por eso la inauguración no ha cerrado la discusión, al contrario, ha puesto sobre la mesa preguntas que el Ayuntamiento sigue sin responder: ¿era imposible restaurar la proa?, ¿se estudiaron alternativas?, ¿se valoró el impacto emocional de su desaparición?, ¿por qué no se consultó a los vecinos? Son preguntas legítimas en una democracia local.

Porque el verdadero patrimonio de una ciudad no son únicamente sus piedras, sus planos o sus documentos históricos, también lo son los símbolos que la ciudadanía reconoce como parte de su historia.

La proa de Piquio ya no está, lo que queda por saber es si el Ayuntamiento ha comprendido por qué tantos santanderinos siguen hablando de ella después de la inauguración.

Tome buena nota la alcaldesa Gema Igual. Cuando una administración deja de escuchar a la ciudad real para escuchar únicamente a los expedientes, corre el riesgo de perder algo más importante que un elemento ornamental, la confianza de los ciudadanos. 

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