Cada vez que camino por el Río de la Pila regresan inevitablemente a mi memoria los años de niñez y juventud que marcaron una parte esencial de mi vida. Mis pasos vuelven a recorrer aquel entramado de escaleras, callejones y pendientes que ascendían hacia Despeñaperros, Entrehuertas, Prado San Roque y el Alta, en un paisaje urbano muy distinto al actual, donde las antiguas “Escuelas Verdes” formaban parte inseparable de la identidad educativa y social del barrio.
Con el paso de los años, este recorrido se ha convertido también en una forma de transmitir memoria a los míos. Porque el Río de la Pila no es solamente una calle del Santander actual, es el recuerdo de un antiguo cauce de agua que descendía desde las laderas altas de la ciudad hasta la bahía, hoy desaparecido bajo el pavimento, los edificios y la transformación urbana que dio paso a una zona de bares, viviendas y vida nocturna.
Durante siglos, este lugar estuvo atravesado por pequeños cursos de agua y manantiales que formaban parte del paisaje natural santanderino. Aquel entorno, como tantos otros rincones desaparecidos de la ciudad, se fue perdiendo lentamente junto a una parte importante de nuestra memoria histórica colectiva.
Sin embargo, el Río de la Pila terminó convirtiéndose en uno de los barrios con mayor personalidad del casco histórico santanderino. Entre las décadas de los años ochenta y noventa fue además epicentro de la contracultura local y del movimiento conocido como “La Marejada”, vinculado al punk, al rock alternativo y a la vida bohemia de una ciudad que encontraba en estas calles uno de sus espacios más libres y creativos.
Mi vida estuvo especialmente ligada al Prado San Roque y a la dureza cotidiana de la subida por Despeñaperros. Entonces, aquellas laderas estaban llenas de huertas, caminos de tierra, lavaderos públicos y pequeñas viviendas humildes suspendidas sobre la pendiente.
Durante décadas, alcanzar la parte alta suponía atravesar interminables escaleras y callejones empinados, una característica que todavía hoy sigue definiendo la personalidad de la zona. El actual funicular no deja de reproducir aquel viejo eje vertical que conectaba el valle urbano del Río de la Pila con San Roque.
Toda esta área - Río de la Pila, Entrehuertas y Prado San Roque - conserva aún una profunda memoria obrera y popular. Vecinos y asociaciones ciudadanas han defendido durante años que este entorno mantiene algunos de los últimos paisajes urbanos tradicionales de la antigua Santander popular, superviviente frente a las grandes transformaciones inmobiliarias modernas.
Y en esa memoria colectiva ocupan un lugar especial mis queridas “Escuelas Verdes”, hoy convertidas en Centro de Educación de Personas Adultas. Su nombre original procedía de los tonos verdosos del edificio y de la vegetación que entonces rodeaba la ladera sobre el Río de la Pila. Aquella escuela pública fue durante décadas un símbolo del Santander humilde y trabajador, vinculada a generaciones enteras de familias obreras de Río de la Pila, Entrehuertas, y Prado San Roque.
Muchos vecinos todavía recuerdan que las Escuelas Verdes eran mucho más que un colegio. Fueron centro cultural popular, punto de encuentro vecinal y símbolo de ascenso social a través de la educación para cientos de familias santanderinas.
Hoy, el Río de la Pila mantiene intacta buena parte de su identidad. Sigue siendo un espacio donde conviven la historia popular, la tradición obrera, el ambiente cultural y el ocio nocturno. Porque para muchos santanderinos, el Río de la Pila nunca ha sido solamente una calle, sigue siendo, ante todo, un barrio con alma propia.

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