Las Hurdes, entre la historia de El Moral y la leyenda del Lución

Hay viajes que se preparan durante meses y otros que, aunque permanezcan pendientes durante años, nunca abandonan realmente nuestra memoria. Nuestra reciente recorrido por Las Hurdes pertenecía a esta segunda categoría, era un destino largamente esperado que volvía una y otra vez a nuestro pensamiento, atraído por esa mezcla única de realidad, memoria y mito que caracteriza a esta singular comarca extremeña.

Desde Casares de las Hurdes inicié una ruta que me llevaría hasta la alquería de El Gasco, atravesando previamente Nuñomoral y el espectacular Balcón de Las Hurdes, serpenteando entre montañas y profundos valles que parecen extenderse hasta el infinito, ofreciendo paisajes de una belleza difícil de describir. Casares conserva todavía la esencia de la arquitectura tradicional hurdana y cuenta con un interesante centro de interpretación de la artesanía que permite una primera aproximación a la cultura de estas tierras.

Cuando planificamos nuestro viaje comprendimos que no iba a ser únicamente un recorrido por algunos de los paisajes más sorprendentes de Extremadura, también sería una inmersión en un territorio donde la historia y la leyenda siguen caminando juntas, alimentándose mutuamente y formando parte inseparable de la identidad de sus habitantes.

La alquería de Vegas de Coria fue nuestra base para la siguiente jornada. Desde allí partimos hacia Pinofranqueado, Horcajo, El Moral y el espectacular Meandro del Melero. Cada parada parecía guardar una historia diferente, algunas documentadas en los libros y otras transmitidas durante generaciones por la tradición oral.

Uno de los lugares que más me impresionó fue, sin duda, El Moral, esa antigua alquería abandonada, situada junto al río Horcajo, que obliga al visitante a abandonar los caminos más cómodos y adentrarse por senderos que parecen conducir a otro tiempo. Quizá sea precisamente esa dificultad de acceso la que ha permitido conservar intacta parte de su magia.

Como ocurre en toda marcha de montaña, la ilusión por alcanzar el destino final se convierte en el mejor estímulo para el esfuerzo. Sin embargo, en El Moral la recompensa va mucho más allá de la llegada, ante los ojos aparece un poblado detenido en el tiempo. Las casas, construidas mediante la tradicional técnica de piedra seca, permanecen en pie, aunque hayan perdido sus tejados, las calles empedradas dibujan todavía el trazado de aquella pequeña comunidad pastoril que durante siglos encontró refugio en este rincón escondido de las montañas hurdanas.

Mientras caminaba entre los muros derruidos, acompañado únicamente por el murmullo del agua del río, comprendí por qué tantos viajeros consideran este lugar uno de los tesoros más desconocidos de Las Hurdes. Resulta fácil imaginar a los pastores regresando al atardecer con sus rebaños o a los niños recorriendo aquellas callejuelas que hoy permanecen silenciosas.

Pero El Moral no es solamente un lugar donde sobrevive la historia. También conserva una de las leyendas más fascinantes de la comarca, la del Lución. Según la tradición popular, un gigantesco lagarto habitaba las cuevas próximas al poblado y atacaba al ganado, sembrando tal miedo entre los vecinos que acabó provocando el abandono definitivo de la alquería.

Confieso que me cuesta aceptar esa explicación, la lógica invita a pensar que el despoblamiento tuvo causas mucho más terrenales, la desaparición progresiva del pastoreo tradicional y la pérdida de utilidad de unas construcciones ligadas a una forma de vida que fue desapareciendo con el paso del tiempo. Sin embargo, las comunidades rurales siempre han necesitado relatos capaces de explicar aquello que resulta difícil comprender, y asi es más que probable que naciera el Lución, fruto de la imaginación popular y de unas historias transmitidas de generación en generación al calor de la lumbre, en un mundo donde la naturaleza imponía sus propias reglas y donde la incertidumbre formaba parte de la vida cotidiana.

El punto culminante del viaje llegó en el Mirador de La Antigua. Desde allí pudimos contemplar el Meandro del Melero, una de las grandes obras maestras de la naturaleza, donde el río Alagón dibuja una curva casi perfecta entre montañas cubiertas de vegetación, componiendo un paisaje que invita al silencio y a la contemplación, donde la luz cambia constantemente los colores del valle y convierte cada instante en una imagen diferente.

Desde el impresionante Melero continuamos hasta La Alberca, última etapa de un recorrido que había comenzado en Ciudad Rodrigo y que nos llevó desde la historia medieval salmantina hasta los paisajes legendarios de Las Hurdes.

Durante demasiado tiempo esta comarca soportó el peso de una leyenda negra asociada a la pobreza, el aislamiento y el atraso. Sin embargo, quien la visita hoy descubre una realidad muy distinta. Encuentra una tierra orgullosa de su identidad, rica en patrimonio natural y cultural, donde aún sobreviven tradiciones, paisajes y formas de vida que han resistido el paso del tiempo.

Quizá esa sea la verdadera lección del viaje. Las Hurdes no necesitan ya que nadie las explique ni las interprete. Basta con recorrer sus caminos, escuchar sus historias y contemplar sus paisajes para comprender que su mayor riqueza reside precisamente en haber sabido conservar una autenticidad que escasea cada vez más en el mundo actual.


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