28 mar. 2015

20 años no son nada, pero 41 son toda una vida

41 años el tiempo que he dedicado a la Unión Sindical Obrera. Lo hice siempre desde el compromiso de servicio a los trabajadores, sin escatimar esfuerzos y sin lucrarme nunca con nada, ni aprovecharme de nadie. Mi entrega al sindicato supuso muchas veces sacrificar otros ámbitos de mi vida, sobre todo, el tiempo con mi familia. Toda una vida de trabajo y lealtad hacia una organización, que nunca pensé que pudiera llegar a tratarme tan mal. Y ahora con sesenta y un años, prejubilado, 41 años después, tras dedicarle mi vida estoy a punto de darme de baja como afiliado. 
 
Los últimos años en el sindicato han sido duros para mí, como trabajador, como afiliado y como amigo. Los actuales dirigentes –que antes me llamaban compañero- llevan demasiado tiempo empujándome para sacarme injustamente del sindicato por cualquier medio.  

El asunto, como muchos sabéis, acabó en los tribunales, ya que la situación de acoso me resultó insostenible; necesitaba una reparación frente a tanto daño y solicité la rescisión de mi contrato. Hace unos días, el Juzgado de Lo Social declaraba dicha petición improcedente. No gané el juicio, sin embargo, no todo se reduce a cuestiones de derecho.  El juez declaró: “No se niega la existencia en el seno de USO de una conflictividad laboral respecto del trabajador demandante, que se viene gestando desde que éste abandonó la dirección efectiva del sindicato”. A la luz de este reconocimiento, me habría gustado que el juez entendiese que mi demanda no estaba referida a una confrontación de carácter sindical y a una situación que, claramente, lesionaba mi estima como trabajador y afiliado comprometido con la USO. Tal vez, para que eso hubiese sido factible, el ámbito de la justicia tendría que conocer de cosas que le son a menudo ajenas como la historia de una vida, las emociones, las lealtades y los compromisos.   

Empecé a militar en el sindicalismo con apenas veinte años, en la clandestinidad, cuando lo que estaba en juego era la democracia y el lugar de los trabajadores en las nuevas relaciones de poder que estaban conformándose. En nombre de la USO participé en movilizaciones y reuniones con el resto de organizaciones sociales y políticas, y  perdí mi trabajo en dos ocasiones por ello.  

Colaboré en la fundación de la USO en Cantabria y conseguí que esta organización formase parte del tablero de las entidades de la sociedad civil que estaban decidiendo, entonces, sobre la construcción del Estado Autonómico. La joven USO logró participar en pie de igualdad con otras organizaciones que contaban por entonces con un amplio reconocimiento social.  

Recuerdo perfectamente cómo me impliqué. En la Semana Santa de 1973, con apenas 20 años, me citaron en una bodega en los alrededores de la Estación de Atocha en Madrid, fui sin tener ni idea de quienes serían mis interlocutores. Cuando llegué, unos paisanos jugaban a las cartas y bebían unos chiquitos de vino, la escena parecía totalmente ajena a un acto político y sindical clandestino o, al menos, eso fue lo que a mi me pareció. Esperé pacientemente, hasta que un señor se nos acercó. “¿Sois los de Santander? Pasad a la trastienda.” Allí están los compañeros de otras provincias y los dirigentes políticos de la Federación de Partidos Socialista y de USO, en una reunión de captación y formación express. Entramos sin saber bien a que fuimos y salimos convertidos en militantes.  

A mi regreso, una llamada de LSB-USO Bilbao, una visita al embarcadero de las lanchas de Los Diez Hermanos y la entrega de un caja de propaganda sindical  (“Así es la USO”). Esas fueron todas nuestras herramientas, para un misión que entonces me pareció titánica: implantar el sindicato en Cantabria, ni más ni menos. Conseguir afiliados en un tiempo extraño e inestable no fue sencillo, tuvimos que protegernos de la policía y nos ofrecían refugio los salones parroquiales de las iglesias: San Juan Bautista en General Dávila, el Barrio Pesquero, San Joaquín en Peña Castillo o la iglesia de Sierrapando en Torrelavega. 

Desde entonces, año tras años hasta 41 he transitado por la USO, a veces como militante de base, otras como Secretario General. Un camino apasionante que, desgraciadamente, se truncó en 2005 al acabar mi último mandato como responsable regional. La discrepancia y el conflicto en las organizaciones forma parte de la vida democrática, pero en la USO lo que ha sucedido es otra cosa. Cuando terminó mi labor como dirigente, la nueva dirección ha querido anular mi voz, lo que he representado y a quienes me han acompañado en este proceso.

Durante estos años, han intentado prohibirme que opinara en los medios de comunicación –siempre bajo la amenaza de perder mi trabajo-; me han acusado de querer generar una escisión en el sindicato por discrepar y, lo que es peor, me han tenido casi sin actividad durante cuatro largos años (de 2006 a 2010, cuando por fin fui nombrado mediador ante el Orecla). Pedí amparo ante la Comisión de Garantías, en dos ocasiones y, por supuesto, busqué apoyo en amigos y familia.

No soy el primero, ni desgraciadamente seré el último, que ve su vida laboral truncada. El conflicto mal entendido, las ansias de poder, un comportamiento poco ético de algunos y un situación injusta ignorada de modo cobarde por otros, se han llevado por delante parte de mi proyecto vital.  La incredulidad, la desilusión, la tristeza y la rabia que me han acompañado en este proceso me obligaron a parar por recomendación médica.

¿Cómo pasar página? ¿Cómo conseguir que este episodio no sea el último? ¿Cómo hacer que no empañe, ni ensombrezca mis 41 años de compromiso vital, sindical y político? No será fácil poner punto y final a esta etapa de mi militancia, pero he llegado al convencimiento de que debo acabar con la USO y abrir nuevas puertas. Me queda mucho por hacer, y he aprendido en estos años que mi compromiso social, mis lucha por los derechos de los trabajadores y los ciudadanos, van más allá de una organización, por más que esta sea la que ayudé a fundar.
 Estoy prejubilado, sí, pero de un puesto de trabajo en una organización, porque del sindicalismo nadie se jubila, tampoco de la batalla en pro de la profundización democrática y ahora, amigos, tengo mucho más tiempo libre para dedicarme a ello. Estoy a vuestra disposición. Nos vemos en las calles. 

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