Hay
situaciones que obligan a detenerse y preguntarse qué está ocurriendo dentro de
una organización que presume de defender a los trabajadores. El despido de
Sheila Rozas en USO Cantabria es una de ellas.
No escribo
estas líneas como un observador indiferente, lo hago como exsecretario general
de USO Cantabria, que conoce el valor de una organización sindical, el esfuerzo
de quienes la construyen y la responsabilidad que asumen quienes reciben de la
afiliación el encargo de dirigirla, y es precisamente por eso, que me preocupa
lo que está sucediendo.
Un sindicato
existe para defender a quien trabaja frente al poder de quien manda, pero
cuando es el propio sindicato quien despide, tiene la obligación de demostrar
que sus decisiones respetan los mismos principios que exige cumplir a los
demás, y la dirección de USO Cantabria tiene hoy demasiadas preguntas
pendientes para pretender que este despido se examine de forma aislada.
La Ejecutiva
Regional agotó su mandato de cuatro años en mayo de 2026 y continúa en
funciones. El X Congreso Regional, que debería renovar la dirección y devolver
la palabra a la afiliación, sigue sin celebrarse. Mientras tanto, según los
hechos denunciados por la Federación de Industria de Cantabria ante la
Ejecutiva Confederal, existen cuestiones pendientes relacionadas con la
democracia interna, la falta de convocatoria del Consejo Regional, el retraso
congresual y la negativa a facilitar el acceso al Libro Mayor de contabilidad.
Y es en ese
escenario donde se produce el despido de Sheila Rozas. ¿Es una coincidencia?
¿Responde exclusivamente a los motivos laborales que alegue la dirección? ¿O
puede tener relación con la disputa interna que atraviesa la organización y con
la posibilidad de que surjan alternativas a quienes hoy la dirigen?
Mi
preocupación es que el despido pueda interpretarse como una represalia o como
una advertencia dirigida a quienes cuestionan la gestión actual. No afirmo que
esa intención esté judicialmente acreditada; afirmo que el contexto obliga a
despejar esa sospecha con hechos, documentos y explicaciones convincentes.
Porque hay
algo que la dirección regional no debería olvidar, los sindicatos llevan
décadas denunciando las represalias contra trabajadores que reclaman sus
derechos, cuestionan decisiones empresariales o ejercen su libertad de
expresión y participación, defendiendo la garantía de indemnidad y la
protección frente a actuaciones que puedan castigar el ejercicio legítimo de
derechos.
Esos
principios no pueden quedarse en las puertas de las empresas, también deben
respetarse dentro de las organizaciones sindicales. La defensa de los derechos
laborales pierde credibilidad cuando no se aplica con el mismo rigor a quienes
trabajan en la propia casa.
Y hay otra
cuestión que considero fundamental, USO Cantabria no pertenece a su Ejecutiva,
pertenece a su afiliación. La dirección administra una organización colectiva;
no es propietaria de ella ni puede convertir un mandato temporal en una
posición de poder sin control efectivo.
Si el
Congreso se aplaza, hay que explicar por qué, si se cuestiona la transparencia
contable, hay que responder con documentación, si una federación denuncia
irregularidades internas, hay que escucharla y examinar sus argumentos, y si se
despide a una trabajadora en medio de esa crisis, hay que ofrecer explicaciones
suficientes para que nadie tenga motivos fundados para sospechar que detrás de
una decisión laboral se esconde una disputa por el control de la organización.
Por eso
considero imprescindible exigir explicaciones documentadas sobre las causas del
despido de Sheila Rozas, la convocatoria del X Congreso Regional, con garantías
democráticas y sin nuevas dilaciones injustificadas, transparencia contable,
facilitando el acceso a la información económica, y la intervención efectiva de
la Ejecutiva Confederal, para investigar las denuncias presentadas y evitar que
la crisis se prolongue sin respuesta.
No se trata
de defender a una persona al margen de los hechos ni de anticipar una sentencia,
se trata de exigir que una organización sindical actúe con la ejemplaridad que
reclama a los demás.
La
afiliación tiene derecho a elegir a sus representantes en tiempo y forma, a
conocer cómo se administra su organización y a participar sin temor a que
discrepar de la dirección tenga consecuencias laborales. Ese es el sentido de
la democracia sindical, y no una concesión de quienes ocupan temporalmente los
puestos de responsabilidad.
Me duele
especialmente que una organización construida con el esfuerzo de tantas
personas pueda verse atrapada en una situación en la que la renovación
democrática y la transparencia parecen quedar subordinadas a la supervivencia
de quienes dirigen.
Una
Ejecutiva en funciones, un Congreso que no llega y una trabajadora despedida
constituyen una combinación que merece una explicación seria. No basta con
invocar la autonomía sindical para cerrar el debate, la autonomía protege al
sindicato frente a las injerencias externas, pero no puede utilizarse como
escudo frente a la rendición de cuentas ante sus propios afiliados.
Mi posición es clara, primero, los derechos; después, las responsabilidades; y siempre, la democracia interna, ninguna dirección sindical está por encima de esos principios.

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