27 oct 2026

¿Y si el problema de las agendas médicas fuera mucho más amplio?

La investigación relacionada con María Luisa Real, exconsejera socialista de Sanidad de Cantabria, sobre el uso de las agendas y los cupos médicos abre una cuestión que merece una respuesta clara, ¿se controla de la misma manera la actividad asistencial en todos los centros sanitarios de Cantabria?

Porque, más allá de un caso concreto, lo verdaderamente importante es saber cómo funciona el sistema, quién lo supervisa y si los recursos públicos se utilizan con criterios homogéneos, transparentes y eficaces.

La Consejería de Salud y el Servicio Cántabro de Salud (SCS) establecen las normas de organización de la actividad médica. Pero una cosa es lo que dicen las instrucciones y otra, comprobar cómo se aplican diariamente.

¿Cómo se asignan los cupos de pacientes? ¿Quién decide cuántas citas se ofrecen? ¿Qué margen tiene cada facultativo para modificar su agenda? ¿Quién autoriza los huecos bloqueados y las citas reservadas para libre disposición? Y, sobre todo, ¿cómo se verifica que la jornada laboral se corresponde con la actividad realmente realizada?

Son preguntas legítimas que afectan a la organización sanitaria, a los profesionales y, especialmente, a los pacientes. En 2024 se contemplaba un modelo de agenda de 35 huecos diarios, 24 gestionados por admisión y 11 bajo responsabilidad del médico. Habrá que comprobar qué instrucciones estaban vigentes en cada periodo y cómo se aplicaban en la práctica.

La cuestión de fondo es sencilla, ¿existe un control efectivo sobre las citas ofrecidas, los pacientes atendidos, los horarios cumplidos y las modificaciones de las agendas? ¿Se conocen las posibles diferencias entre la actividad prevista y la realizada?

Estas preguntas adquieren todavía más importancia cuando la Administración destina recursos extraordinarios a reducir las listas de espera, no basta con anunciar medidas o negociar mejoras laborales, es necesario evaluar sus resultados mediante datos verificables sobre actividad, demoras y pacientes atendidos.

Por eso, la solución no debería limitarse a investigar un caso particular, debería extenderse a todos los centros sanitarios dependientes del SCS. Una revisión general permitiría comprobar si las normas se cumplen por igual, si los mecanismos de supervisión son suficientes y si existen diferencias que deban corregirse, todo ello sin prejuzgar responsabilidades ni atribuir incumplimientos a profesionales concretos.

El Parlamento de Cantabria tiene aquí una oportunidad para impulsar una actuación rigurosa y exigir explicaciones a la Administración sanitaria. Entre las medidas posibles figuran solicitar las instrucciones que regulan los cupos y las agendas, conocer los sistemas de control horario, examinar la autorización de citas bloqueadas y evaluar los resultados de los recursos destinados a reducir las listas de espera.

También sería conveniente publicar información estadística comparable entre centros, respetando la protección de datos y la confidencialidad clínica. La sanidad pública necesita profesionales respetados, reglas claras y controles eficaces, por lo tanto, no se trata de sembrar sospechas, sino de evitar que la falta de información impida conocer cómo funciona realmente el sistema.

La pregunta que Cantabria debería hacerse es esta, si todo está correctamente organizado y supervisado, ¿por qué no realizar una comprobación general que permita demostrarlo?

Una revisión objetiva, común a todos los centros y basada en documentación verificable contribuiría a reforzar la confianza ciudadana, mejorar la gestión y garantizar que cada recurso público se traduzca en una atención sanitaria efectiva.

Porque, al final, lo importante no es quién ocupa una agenda médica, sino que el sistema funcione, que los controles sean iguales para todos y que los pacientes no paguen las consecuencias de una organización deficiente. La transparencia no debería ser una respuesta a un escándalo, debería ser una garantía permanente de la sanidad pública.

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