Confieso
que hacía tiempo que no leía a Federico Jiménez Losantos. Y, tras su último
comentario del pasado 6 de mayo en El Mundo, probablemente vuelva a tomar
distancia durante una buena temporada. No por discrepancia ideológica - que es
mucha - sino por algo bastante más básico, la ausencia total de un mínimo
respeto en la forma de argumentar.
Me
cuesta entender en qué momento el insulto pasó a convertirse en género
periodístico. Lo que uno encuentra ya no es una crítica política - dura, si se
quiere - sino una sucesión de descalificaciones, insinuaciones y expresiones de
brocha gorda que poco o nada aportan al debate público.
Cuando
el lenguaje se llena de términos como “puterío”, “puteros” o similares,
aplicados además de forma indiscriminada, lo que se degrada no es solo a quien
va dirigido, sino al propio texto.
El
caso de Ábalos y Pedro Sánchez es paradigmático, más allá de las
responsabilidades que puedan o no demostrarse - que para eso están los
tribunales - lo que se ofrece no es análisis, sino una especie de relato
construido a base de excesos verbales, donde todo parece valer.
Se
sugieren tramas, se trazan paralelismos y se reparten culpas con una ligereza
que inquieta, sobre todo cuando no van acompañadas de pruebas.
Tampoco
ayuda la tendencia a generalizar, pasar de casos concretos a etiquetas que
engloban a todo un partido político no solo simplifica la realidad, sino que la
distorsiona deliberadamente, convirtiéndola, en recurso fácil, pero
profundamente empobrecedor.
Quizá
lo más llamativo es esa contradicción constante, mientras se reivindican
valores como la honradez o la dignidad, el propio discurso se desliza una y
otra vez hacia el terreno de la descalificación personal. Y ahí es donde, al
menos para mí, se rompe cualquier posibilidad de tomar en serio lo que se dice.
No
se trata de pedir suavidad ni corrección política, se trata, simplemente, de
exigir un mínimo de rigor y respeto en el uso de la palabra. Porque cuando eso
desaparece, lo que queda ya no es periodismo, ni siquiera opinión, es ruido, y
de eso, sinceramente, ya vamos bastante sobrados.
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