Santander
corre el riesgo de convertirse en una ciudad pensada más para quien la visita
que para quien la vive. Mientras se habla de turismo, modernidad y proyección
exterior, muchos vecinos se enfrentan a una realidad marcada por el
encarecimiento de la vivienda, la pérdida de servicios, el deterioro de algunos
barrios y una creciente sensación de inseguridad.
La expansión
de las viviendas turísticas y la reducción del alquiler residencial están
dificultando el acceso a la vivienda para jóvenes, familias y trabajadores.
Cada vez son más quienes destinan una parte excesiva de sus ingresos al
alquiler o se ven obligados a abandonar la ciudad.
A ello se
suman las quejas vecinales por la falta de atención en determinados barrios, el
desgaste de los servicios públicos y la percepción de que muchas decisiones
urbanísticas se toman sin suficiente participación ciudadana.
El problema
no es el turismo en sí, sino la ausencia de un equilibrio que garantice que el
desarrollo económico no se haga a costa de quienes sostienen la vida cotidiana
de la ciudad.
La cuestión
es sencilla: ¿queremos una Santander convertida en escaparate para visitantes e
inversores o una ciudad que siga siendo habitable para sus vecinos? Porque una
ciudad que expulsa poco a poco a quienes viven y trabajan en ella acaba
perdiendo aquello que la hace única, su comunidad y su identidad.

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