8 jul 2026

Olucas Surf Center: el PSIR como atajo para urbanizar lo que no se puede urbanizar

 

Hay anuncios políticos que parecen cuidadosamente diseñados para generar titulares antes que debates. El presentado por la presidenta María José Sáenz de Buruaga durante el Debate sobre el Estado de la Región sobre el proyecto Olucas Surf Center reúne precisamente todas esas características.

De repente, sin apenas información pública previa ni un debate social o territorial conocido, aparece sobre la mesa un complejo de surf artificial en suelo rústico de Villaverde de Pontones. Una iniciativa privada que promete una inversión de 40 millones de euros, cientos de empleos durante la construcción, decenas de puestos de trabajo permanentes y la llegada de turistas durante todo el año. La receta es conocida, grandes cifras, grandes expectativas y una presentación política que invita a pensar que quien se oponga al proyecto está en contra del progreso.

Pero la realidad es bastante más compleja, primero porque el proyecto no puede desarrollarse con el planeamiento urbanístico actualmente vigente, y segundo porque para hacerlo posible se necesita la declaración de Proyecto Singular de Interés Regional (PSIR), una figura excepcional concebida para actuaciones estratégicas de alcance supramunicipal.

Y aquí surge la pregunta que el Gobierno parece querer evitar: ¿qué tiene de interés regional un complejo turístico-deportivo privado que no podría construirse sin recurrir a una herramienta extraordinaria?

Porque si el criterio para obtener un PSIR es simplemente prometer inversión y empleo, entonces cualquier gran proyecto empresarial podría aspirar al mismo tratamiento, la consecuencia sería evidente, convertir una figura excepcional en un mecanismo habitual para sortear las limitaciones urbanísticas y territoriales establecidas por los municipios.

La experiencia demuestra que detrás de muchas de estas iniciativas no solo existe una actividad principal, alrededor suelen aparecer hoteles, alojamientos turísticos, restauración, comercio y otros aprovechamientos económicos que multiplican el valor de los terrenos afectados. Nada de ello es ilegítimo, pero precisamente por eso exige una explicación transparente y un debate público serio.

Mientras el Gobierno destaca los beneficios económicos, otras voces advierten sobre cuestiones que apenas aparecen en la propaganda institucional, el impacto paisajístico de una actuación de alrededor de 100.000 metros cuadrados en un entorno rural característico de Trasmiera, el consumo de agua y energía en una comunidad que conoce bien los problemas de abastecimiento durante los meses de verano, y la incertidumbre sobre unas previsiones económicas que todavía están lejos de haberse demostrado.

Más preocupante aún es el precedente político que puede establecerse. Si un complejo privado de ocio puede ser considerado de interés regional, ¿Qué impedirá que mañana otros proyectos reclamen idéntico tratamiento? ¿Dónde se situará entonces el límite entre la protección del suelo rural y los intereses económicos de determinados promotores?

Cantabria necesita inversión, empleo y oportunidades. Lo que no necesita es vaciar de contenido las herramientas de planificación territorial creadas para proteger el interés general. Porque el verdadero debate no consiste en estar a favor o en contra del surf artificial. El verdadero debate es decidir si las normas se adaptan al territorio o si el territorio debe adaptarse a los intereses de quien presenta el proyecto más llamativo del momento.

Antes de hablar de olas artificiales, convendría aclarar si estamos ante una apuesta estratégica para Cantabria o ante un nuevo intento de utilizar el interés regional como coartada para hacer posible lo que, de otro modo, nunca podría construirse.


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