El movimiento vecinal reclama un debate ciudadano sobre el presente y el futuro de la capital cántabra.
No es habitual que cinco asociaciones vecinales de Santander decidan unirse para lanzar un mensaje tan contundente como el que han hecho público estos días. Tampoco es frecuente que utilicen una expresión tan directa para describir la situación de la ciudad, «Santander está enferma».
Detrás de
esta afirmación no hay únicamente una crítica a la gestión municipal de turno.
Lo que plantean los colectivos vecinales es algo más profundo, la percepción de
que la ciudad lleva años perdiendo dinamismo, identidad y capacidad para
responder a los problemas reales de sus habitantes.
La denuncia
pone sobre la mesa cuestiones que forman parte de la conversación cotidiana de
muchos santanderinos. El acceso a la vivienda se ha convertido en un problema
creciente para jóvenes y familias, los barrios denuncian carencias y una
sensación de abandono, el comercio tradicional continúa perdiendo terreno
mientras determinados espacios urbanos permanecen vacíos o infrautilizados, a ello se suman los problemas de movilidad, el envejecimiento de la población y
la dificultad para generar oportunidades económicas que permitan retener
talento y población joven.
La cuestión
de fondo es si Santander está siendo capaz de definir un proyecto de ciudad
para las próximas décadas o si continúa funcionando a base de actuaciones
aisladas, muchas veces condicionadas por los calendarios electorales. La
sensación de numerosos ciudadanos es que la ciudad ha entrado en una fase de
estancamiento en la que abundan los anuncios, pero escasean los debates sobre
el modelo de desarrollo que se quiere construir.
Por ello
resulta especialmente relevante el llamamiento realizado por estas asociaciones - Cazoña, Cueto, Sardinero, Pombo - Cañadio y San Joaquin - para abrir un gran debate ciudadano. No se trata únicamente de señalar
problemas, sino de buscar soluciones colectivas. Una ciudad democrática no
puede limitar la participación de sus vecinos a depositar una papeleta cada
cuatro años, necesita escuchar de forma permanente a quienes viven sus calles,
utilizan sus servicios y conocen de primera mano las necesidades de cada
barrio.
Santander
posee recursos extraordinarios: una ubicación privilegiada, una rica historia,
un importante patrimonio cultural y una ciudadanía comprometida. Sin embargo,
ninguna ciudad progresa únicamente gracias a sus ventajas naturales, hace falta
visión estratégica, planificación y capacidad para integrar a la sociedad civil
en la toma de decisiones.
Quizá la
mayor aportación de estas asociaciones no sea la denuncia en sí misma, sino la
invitación a reflexionar. La pregunta que lanzan a la ciudadanía merece una
respuesta serena y colectiva, ¿Qué Santander queremos dejar a las próximas
generaciones?
Porque
cuando son los propios vecinos quienes alertan de que una ciudad está enferma,
lo más prudente no es discutir el diagnóstico, sino abrir cuanto antes la
conversación sobre el tratamiento.

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