Quiero dejar constancia, en este espacio que dedico a la política y a la cultura de Cantabria, de mi reconocimiento personal a Felipe Antonio Díaz-Miranda Macías, pregonero este año en el Centro Asturiano de Cantabria con motivo del Día de la Virgen de Covadonga, la Santina. No es un reconocimiento protocolario. Es el de quien escuchó un pregón y salió de él con la sensación de que algo importante se había dicho en voz alta, algo que muchos pensamos pero que pocas veces se pronuncia con esa claridad.
Nacido en
Grado (Asturias) en 1958, Díaz-Miranda es arquitecto, urbanista y gestor
cultural, una trayectoria que explica en buena medida el pregón que ofreció.
Quien ha dedicado su vida profesional a pensar el territorio y la ciudad —a
entender cómo se construyen los espacios donde convivimos— trae también, casi
de forma natural, una mirada especial sobre cómo se construyen los espacios
donde convivimos como pueblos. Su vinculación con la vida cultural de Oviedo y
con la Sociedad Ovetense de Festejos no es un dato biográfico secundario: es la
prueba de un compromiso sostenido con la cultura popular, con esa trama de
asociaciones, fiestas y tradiciones que mantienen viva la identidad de un lugar
sin encerrarla en sí misma. Un arquitecto que además ha sido gestor cultural
sabe, mejor que nadie, que los pueblos se levantan con los mismos principios
que las ciudades: cimientos firmes y puertas abiertas.
Díaz-Miranda
logró lo que pocos pregones consiguen: una simbiosis perfecta entre Asturias y
Cantabria. No habló de dos regiones vecinas que se toleran con cortesía
administrativa, sino de un sentimiento fraterno que atraviesa personas, modelos
de vida, acontecimientos culturales, gastronomía y territorio. Habló, en
definitiva, de por qué nos consideramos hermanos sin dejar por ello de
sostener, cada uno, su propia identidad. Porque ahí está la clave: no se trata
de diluirse el uno en el otro, sino de reconocerse en el otro sin perderse.
Los Picos de
Europa no entienden de fronteras
Hay una
imagen que se queda grabada después de oírle: la de los Picos de Europa como
lugar de encuentro que no distingue de fronteras ni de demarcaciones, ni
siquiera administrativas. La montaña no sabe de límites autonómicos. Lleva
siglos siendo el mismo macizo para quien sube desde Cantabria y para quien sube
desde Asturias, y esa terquedad geológica dice más sobre lo que nos une que
cualquier discurso institucional.
Dos tierras
que conocen la emigración, con sus éxitos y sus heridas
Asturias y
Cantabria son territorios que saben de emigración. La conocen desde dentro: la
de los éxitos que se cuentan con orgullo en las plazas de los pueblos, y la de
las dificultades que casi nunca se cuentan, esas que se quedaron en el silencio
de quienes no volvieron o volvieron sin nada. Ese pregón puso nombre a algo que
rara vez se dice con tanta honestidad: que el reconocimiento a nuestros
emigrantes no puede quedarse en la nostalgia. Exige memoria activa, la de
recordar lo que sufrieron quienes se fueron para, ahora, abrir nuestras puertas
a quienes llegan. Que tengan las oportunidades que tuvieron —y que muchas veces
no tuvieron— los nuestros cuando cruzaron el océano o la frontera en busca de
un futuro.
Astures y
cántabros sabemos reconocer también los espacios culturales y las aportaciones
económicas de quienes se fueron y volvieron con fortuna, y el acogimiento
debido a quienes no tuvieron esa suerte. Ambas historias, la del éxito y la del
fracaso, forman parte de la misma memoria colectiva y merecen el mismo respeto.
Modernidad
sin renunciar a la historia
Lo que
planteó el pregonero no es un ejercicio de nostalgia complaciente. Es la
constatación de que Asturias y Cantabria son dos comunidades que abren sus
puertas al futuro desde la modernidad, sin renunciar a su historia en el
sentido más amplio de la palabra. Dos tierras capaces de reconocerse de igual a
igual, sin más distinción que la que marcan los hechos y las acciones
culturales que cada una ha ido construyendo con el tiempo.
Ese fue, en
el fondo, el mensaje central: mirar al futuro desde un espacio de igualdad y de
puertas abiertas, buscando espacios de trabajo y de hermandad donde no quepan
discriminaciones ni excesos de sentimiento patrimonialista. Porque el
patrimonio, cuando se convierte en propiedad excluyente, deja de ser cultura y
se convierte en muro.
Un pregón
que merece quedar en la memoria
Mi
reconocimiento, por tanto, va para un pregonero que llevó al Centro Asturiano
de Cantabria la voz y el pensamiento fraterno de dos comunidades que conocen
bien las dificultades, pero que eligen mirar el futuro desde la solidaridad
hacia quienes hoy nos necesitan. En un tiempo en que tantos discursos públicos
se construyen sobre la desconfianza hacia el que llega, escuchar un pregón que
reivindica la hermandad, la igualdad y las puertas abiertas es, sencillamente,
necesario.
Gracias,
Felipe Antonio Díaz-Miranda Macías, por recordarnos que Asturias y Cantabria no
son solo vecinas. Son hermanas.

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